Por Aurora Prometeo. A continuación reproducimos la crónica escrita por Roberto Arlt para el diario “El Mundo”, sobre el fusilamiento del libertario (de verdad) Severino Di Giovanni, ocurrido el 1° de febrero de 1931 en el patio de la entonces Penitenciaria Nacional, hoy Parque Las Heras, mazmorra donde también fue fusilado el patriota peronista Juan José Valle, en 1956.
Nacido el 17 de marzo de 1901 en Chieti (región de Abruzzo), Italia, Severino Di Giovanni creció en la fulminante pobreza y la decadencia social, económica y cultural que dejó la Gran Guerra. Allí forjó su rebeldía, pensando que otro mundo era posible de construir, y se formó como maestro, a la vez que aprendió el oficio de tipógrafo mientras devoraba los libros de Bakunin, Proudhon, Kropotnik, Malatesta, todos los teóricos del pensamiento anarquista.
En plena consolidación hegemónica del fascismo en Italia, comandado por Benito Mussolini, en 1922 Di Giovanni huyó a la Argentina junto a su esposa María Teresa Masciulli e hija.
En mayo de 1923 Di Giovanni arribó a bordo del vapor Sofía al puerto de Buenos Aires acompañado de su mujer y su hija. Fue a vivir a Ituzaingó, allí cultivaba flores que vendía en el Mercado de Abasto, y a mediados de los años 20 se instaló en una vivienda ubicada en la calle Yatay 1389, Morón, donde en poco tiempo se convertiría en el hombre más buscado por las fuerzas del orden por su participación política en grupos anarquistas y antifascistas.
En aquellos turbulentos años ’20, durante el primer gobierno del radical Hipólito Yrigoyen (1916-1922), se llevaron a cabo las matanzas de obreros más grandes de la historia argentina (“Semana Trágica”, en 1919, más de 700 obreros asesinados en dos días y más de 4 mil heridos; “Patagonia Rebelde”, entre los años 1920 y 1922, que dejó un saldo de unos 1.500 obreros fusilados en estancias de La Patagonia, y “La Forestal”, en 1921 en Santa Fe, donde fueron asesinados entre 500 y 600 trabajadores), Severino y un grupo de compañeros que lo seguían, abrazaron las ideas más radicales del anarquismo, cercano a los sindicatos autónomos y al periódico ‘La Antorcha’ que dirigían Teodoro Antilli y Rodolfo González Pacheco.
Su primera acción pública se hizo el 6 de junio de 1925 durante una función especial del ‘Teatro Colón’ donde el rey Emanuelle III festejaba el 25 aniversario de su llegada al trono. En los palcos de honor estaban el presidente Marcelo T, de Alvear y el embajador fascista, conde Luigi Aldrovandi Marescotti.
Severino y sus camaradas interrumpieron la función, tiraron volantes y le gritaron “¡Asesinos!”, “¡Ladrones!”, a toda la delegación oficial.
Hubo gritos, empujones, algún disparo y una pelea furiosa contra los “Camisas Negras” que escoltaban al embajador de Mussolini. El grupo anarquista, con Severino a la cabeza, terminó detenido e incomunicado.
Hubo más episodios de protestas, represión, enfrentamientos cada vez más violentos, bombas, tiroteos, robos a camiones blindados.
La situación era de máxima tensión y la persecución asfixiante de la policía obligó a Di Giovanni a cambiar de casa de manera permanente para evitar ser apresado. Vivió como un prófugo clandestino, siempre con un arma en la cintura, dispuesto a todo. Y finalmente cayó.
La policía lo rastreó hasta una reunión clandestina en una imprenta de la Avenida Callao. Lo rodearon, hubo un tiroteo, Severino intento huir por los techos, fue alcanzado por un balazo policial y cayó desde unos diez metros de altura.
Volvió a la cárcel el 31 de enero de 1931. Al día siguiente, 1° de febrero, fue fusilado en la Penitenciaría Nacional, donde hoy se encuentra el Parque Las Heras.
Crónica de Roberto Arlt:
‘Hoy he visto morir…’*
Por Roberto Arlt para el Diario “El Mundo” (1931)
Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas.
Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.
La letanía. Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la oscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte.
Un oficial. “…de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni.
Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa.
Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..Artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..Estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dese copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dese vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”
Habla el Reo.
–Quisiera pedirle perdón al teniente defensor.
Una voz: –No puede hablar. ¡Llévenlo!
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico.
Fotos del fusilamiento de Severino Di Giovanni, el 1° de febrero de 1931, conservadas por el Archivo General de la Nación (AGN)
Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? Quién sabe.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos.
Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado.
Éste grita: “¡Venda no!”
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar.
Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
–Pelotón, ¡firme! Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
–¡Evviva l’ Anarchiaaaa…!
–¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia. Muerto.
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos.
Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto.
Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret.
Otro dice una mala palabra. Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de ‘La Razón’, Álvarez de ‘Última hora’, Enrique Gonzáles Tuñón, de ‘Crítica’ y Gómez, de ‘El Mundo’.
Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
–Está prohibido reírse.
–Está prohibido concurrir con zapatos de baile.
*Fuente: De Roberto Arlt (1901-1942), ‘Hoy he visto morir…’ de ‘Aguafuertes porteñas’, diario ‘El Mundo’. Daniel Scroggins: ‘Ediciones culturales Argentinas’, pp. 193-19, 1981

Severino Di Giovanni en Morón**
En mayo de 1923 Di Giovanni arribó a bordo del vapor Sofía al puerto de Buenos Aires acompañado de su mujer y su hija. Fue a vivir a Ituzaingó, allí cultivaba flores que vendía en el Mercado de Abasto.
A mediados de los años 20 se instaló en una vivienda ubicada en la calle Yatay 1389, Morón, donde en poco tiempo se convertiría en el hombre más buscado por las fuerzas del orden por su participación política en grupos anarquistas y antifascistas.
Trabajó de tipógrafo en la imprenta de Poli, donde llegó a ser un buen obrero gráfico especializado, reconocido como linotipista. Di Giovanni hacía la vida común de los obreros politizados de aquellos tiempos, participaba por las noches de reuniones clandestinas. Por este motivo, la policía allanó su domicilio cuando Severino iba rumbo al trabajo y su familia dormía. Con gran despliegue policial requisaron la vivienda y secuestraron centenares de libros y folletos. Ese fue el fin del sueño de Severino de crear una biblioteca circulante.
Para la policía había sido muy fácil dar con él: Di Giovanni en su primera detención no tuvo inconveniente en dar su domicilio; no quería pasar a la ilegalidad, creía en la justicia y en el derecho de su lucha. Además, si bien la policía tenía muchos colaboradores entre la población, también los tuvo Di Giovanni, principalmente entre los trabajadores panaderos de Morón. Ellos le dieron refugio durante muchos días y entonces Severino les dio clases de preparación de explosivos, que luego estos aplicaron en los atentados contra jardineras de pan que tuvieron lugar por ese tiempo en la localidad.
Al anarquista más buscado de la Argentina se le adjudicaron distintos atentados ocurridos en la ciudad de Buenos Aires. Severino fue fusilado el primero de febrero de 1931. Pocas horas antes del trágico final pidió un café dulce desde su celda. Lo rechazó al probar el primer sorbo: «Pedí con mucha azúcar… No importa, será la próxima vez» dijo con humor ácido. Terminó fusilado al grito de ¡Viva la anarquía!.
**Fuente: Instituto y Archivo Histórico Municipal de Morón (https://historiamoron.wordpress.com/2016/08/13/severino-di-giovanni-en-moron/)




